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Adiós a Steve Jobs y sus paradojas de éxito

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La informática dejó de ser un misterio de ingenieros gracias a él. Personalizó el ordenador y lo integró con el teléfono. A éste lo vistió con sencillez y elegancia y lo convirtió en táctil y móvil. También revolucionó el modo de oír música, de emitir y recibir información en movilidad y de generar y transmitir el diseño gráfico. Finalmente, ha mostrado una alternativa sencilla y cómoda de lectura digital al periódico impreso al convertir su tableta en el primer kiosco digital. Ya han adivinado que hablo de Steve Jobs, cuya anunciada muerte ocurrió la semana pasada.

“La muerte es muy probable que sea la mejor invención de la vida. Es el agente del cambio de vida. Elimina lo viejo para dar paso a lo nuevo”. Entrecomillo este corolario de su famoso discurso de Stanford hace seis años no como epitafio funerario sino para cualificar su vitalidad creativa, enamorada de su propio trabajo, generosa en el esfuerzo, visionaria de las apetencias de los usuarios antes incluso de ser apetecidas. ¿Conocen otro modo mejor de entrega al cliente? Sus innovaciones y aplicaciones han resultado revolucionarias en nuestro tiempo. Fue un revolucionario ¿O es que cabe otra alternativa definitoria de este hombre?

IPPI y los Mac

También en IPPI Comunicación llegamos a la informática a través de un Macintosh. Fue seleccionada nuestra agencia para organizar la presentación mediática en España de la segunda generación Mac. Convocamos en un estudio dela naciente Antena3, en San Sebastián de los Reyes, a un amplio grupo de periodistas. Fue una peripecia oportuna para conocer en profundidad la segunda generación del Mac, que ya cumplía su quinto año como el primer ordenador de la historia. Apple nos pagó aquella colaboración con dos Mac. Un pago generoso, especialmente si se considera que Apple nunca ha vendido nada barato.

Aquella era la Apple de Sculley. Ocurrió en 1989, cuarto año del exilio de Jobs  tras su enfrentamiento con el antiguo director comercial de Pepsi Cola, empujado por él mismo a presidir la compañía de la manzana. Sonada ruptura aquella en una empresa que crecía con viento de cola en medio de una gran aureola entre sus usuarios incondicionales. De solo dos hombres en 1975, Apple ya empleaba entonces, quince años más tarde, más de mil personas y facturaba 3.000 millones de dólares. “La pesadez del éxito fue reemplazada por la liviandad de ser un principiante otra vez… Estoy seguro de que nada de esto habría sucedido si no me hubiesen despedido de Apple. Fue una amarga medicina pero creo que el paciente la necesitaba”. De nuevo he vuelto al discurso de Stanford.

Aquellos Mac eran eficaces, de amistoso manejo, enormemente fiables y seguros (los virus llegaron con Windows), de pequeña dimensión, pero resultaron unas herramientas aisladas en una minoritaria comunidad de usuarios, casi una secta, circunscrita a la industria editorial y al ámbito educativo. Microsoft aprovechó el hueco dejado por la filosofía del sistema cerrado a cal y canto de la compañía de Cuppertino para abandonar su MS/DOS y universalizar una alternativa informática abierta y barata.

El éxito de Windows que Jobs no quiso

Cuando los ordenadores de la manzana se compatibilizaron con los de Windows, éstos ya habían incorporado el ratón, los iconos y las carpetas de almacenaje de información características de los Mac. “…Si nunca hubiera asistido a ese único curso (de caligrafía) en la universidad, el Mac nunca habría tenido tipos múltiples o fuentes proporcionalmente espaciadas. Además, puesto que Windows solo copió al Mac, es probable que ninguna computadora personal las hubiera tenido…” (De nuevo Stanford).

Afortunadamente para todos, la copia de Apple por la empresa de Bill Gates no solo impulso el éxito de Microsoft sino que fue clave para todos los usuarios de la  informática que en el mundo han sido y somos. Con la filosofía comercial de Jobs no hubiera sido posible tan alto nivel de universalización de las herramientas informáticas.

También tuvimos que cambiar en IPPI Comunicación de ámbito informático. Nos deshicimos de los aislados Mac, unos ordenadores que se habían quedado incomunicados, prácticamente para editar y maquetar textos  y nos incorporamos al mundo Windows. Conocí entonces a muchos desencantados de Apple que tuvieron que hacer lo mismo. Sin embargo, el éxito de su competidor  B. Gates -basado en la cómoda ocupación de un espacio que el había dejado vacío y en la imitación de sus propias innovaciones- lejos de suscitarle la duda reafirmó a Jobs en su criterio tecnológico y comercial, como se puso de manifiesto tras su regreso a Apple.

La excelencia tiene un precio

Esta terquedad en un sistema integral softhard  ha sido en sí mismo un factor muy paradójico. Con él perdió Apple la oportunidad de liderar la expansión de los PCs. Y él ha proporcionado a la compañía de Jobs un liderazgo tecnológico, engrandecido por un predicamento carismático y sus mayores éxitos. Aquellos que pensaban que el visionario Jobs condenaba a su empresa al encerrarla en un nicho de usuarios no han tenido más remedio que rendirse ante una Apple convertida en la primera empresa con mayor número de desarrolladores del planeta (más de tres millones), que han llenado la Apple Store con más de 450.000 aplicaciones. Todo un detalle de atención a los stakeholders; en este caso a los proveedores. Apple vale hoy más que ninguna otra empresa en el mundo, con una capitalización bursátil de cercana a los 350.000 millones de dólares.

Esta terquedad por la insularidad traduce una de las singularidades del carácter de Jobs, la de convertir en ventaja la adversidad, y ha fraguado uno de sus mayores aciertos.

Demostró que los mercados no son forzosamente conservadores y que innovaciones verdaderamente geniales como toda la gama de las íes (iMac, iPod, iPhone, iPad, etc.)  pueden llegar a ser populares, proporcionando de paso la prueba más palpable hasta ahora de que la excelencia tiene un precio y de que se puede y se debe cobrar un precio superior por un producto superior. Llevo veinticinco años promocionando la telefonía móvil y he de reconocer que mi iPhone es la única herramienta que me hace regresar a casa cuando la olvido. Hasta el iPhone, todos mis terminales móviles eran temporalmente prescindibles. ¡Son tantas las funciones que concentra!

Con esta apuesta por cobrar un precio superior por un producto superior, Jobs ha puesto de manifiesto que nada resulta tan banal como lo que se regala. De esto pueden aprender quienes nos movemos en los ámbitos del periodismo y la televisión: no se puede mantener la calidad si los contenidos se regalan. Pese a todas sus críticas de elitista y minoritario, Jobs también ha demostrado que la verdadera excelencia requiere a menudo un control estricto. Acabó con la idea de la cooperación empresarial, de que todo funciona mejor si se hace de forma abierta, sin colaboración y sin prejuicios. Le producía urticaria el trabajo mal hecho y la marca maltratada. ¡Son tantas las marcas que pueden etiquetar cualquier producto sin que nadie lo note! El entusiasmo de tantos usuarios de Apple no solo tiene que ver con  unos aparatos geniales sino también con su seguridad. Su incidencia de fallos es insignificante comparada con otras, que usamos diariamente.

Quiero evitar que este post se convierta en el más largo y desordenado que jamás escriba. Permítaseme, no obstante, una última reflexión: gracias a que el mercado no genera automáticamente todas las nuevas ideas, las personas pueden cambiar las reglas de juego en los mercados. Algunas ideas son tan disparatadas que nunca se le ocurren a alguien, solo el genio puede ver que están hechas de oro y se lanza a su aplicación. Es posible que hubiéramos llegado a disfrutar de la gama de las íes (PC, teléfono, tableta, almacenador de música) sin Steve Jobs, pero ¿Cuándo?

Jaime de la Fuente.

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Written by IPPI Comunicación

18 octubre, 2011 a 11:39

Publicado en Uncategorized

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